(…..)

 

Aquella misma noche, Minnow no había salido de su habitación desde que, en la tarde y después del encuentro con Steven, se metiera allí para poder estar sola. No recibió molestia alguna más que la cena a la misma hora de siempre, quizá por orden de Segod que creía que ella seguía reponiéndose en la cama. Cenó y volvió a hundirse entre los cómodos cojines con la mirada perdida en el techo.

Steven complicaba las cosas, en todos los aspectos; si Segod se enteraba de que a Minnow le importaba, estaría en problemas, pero ¿Cuánto le importaba? Y ¿Por qué le importaba ya?

Ella creía que había cambiado, que se había hecho más fuerte, más fría, pero lo único que había hecho era construir sus murallas más altas para que nadie llegara al interior, que seguía siendo el mismo de siempre.

Era vulnerable, necesitaba saber que era importante para alguien, necesitaba sentirse querida, cuidada y respetada, y sobretodo necesaria. Todo eso era lo que le hacía sentir Steven,  sin saber cómo ni por qué. Y a pesar de sus reservas, se sentía bien, no era algo que quisiera perder ni deshacerse, era algo que guardaba con ella, como un tesoro.

Su calidez y el saber que alguien dependía de ella por el mero hecho de necesitarla era lo más bonito que había sentido en años, porque Steven no la necesitaba para su propia conveniencia, como Segod, él necesitaba que lo protegiese,  y Minnow tenía que hacerlo lo mejor que pudiera.

En ese instante, que Steven fue lo único que su cuerpo reconoció y pensó durante más tiempo del que le hubiera gustado, Minnow se levantó de la cama, y tal y como iba, con un improvisado pijama, salió de de su habitación, con un destino claro.

Recorrió los pasillos con más sigilo que nunca, sabía que Segod estaba ocupado con sus dos sirvientas, y no debía darle cuentas a nadie más en aquella casa, así que no lo pensó demasiado y caminó con rapidez hasta la habitación, en las plantas más bajas del edificio.

Ni siquiera llamó a la puerta, sino que abrió y entró, cerrándola tras de sí, incluso cerrando con pestillo, lo que no impediría a nadie entrar allí, pero si le daba algo de seguridad. Se giró sobre sus talones y encaró al hombre que estaba en la cama, con una expresión seria pero inofensiva, con la guardia baja.

Aún cuando la irrupción de la tranquilidad inquietante que inundaba la habitación sencilla, en la que se hospedaba provisoriamente el humano en la mansión, logró sacudir a Steven del ensimismo en él se veía sumergido, no pareció alterarse más que por el sobresalto.

Cuando sus ojos apagados percibieron la figura femenina, en la que tanto había pensado y soñado desde la última vez que la había visto hacía cuatros años, se incorporó lentamente en la cama sin evitar sentirse confundido por su visita.

¿Estaba allí por ordenanza del vampiro líder?

Con cautela, tras sentarse en el extremo del colchón, Steven se puso de pie, aunque no se movió de allí, simplemente fue su mirada levemente aturdida conectar con la mirada femenina al otro lado de la habitación. Tampoco estuvo seguro si debía hablar, ya que no estaba seguro que del otro lado de la puerta no habría oídos ajenos escuchando. Él no podía saberlo, por lo que por respeto a lo que había hablado con Minnow se mantuvo en silencio aguardando a que ella articulara sonido.

Con un par de pasos lentos, Minnow se situó casi en el centro de la habitación, más cerca de Steven y más alejada de la puerta; inspiró por la nariz y desinfló su pecho despacio, después, cuando apartó los ojos de él.

—Quería buscar un momento para hablar contigo…. —comentó muy bajito cuando se sentó en el borde de la cama, palmeando a su lado para que Steven se uniera.

—No vengo a disculparme por nada de lo que he dicho, no pienso hacerlo, pero si quiero que sepas que de verdad, tienes que irte cuanto antes, porque no quiero que te hagan daño y si Segod se entera de algo de esto….. —dejó aquella frase sin terminar porque ambos sabían que podría pasar. Quizá la muerte, entonces, sería su mejor regalo.

Movió su barbilla para levantar su mirada hacia Steven, a su lado.

Él decidió sentarse, y al hacerlo ignoró el malestar una vez más en sus costillas.

Aunque poco le duró aquel dolor, el cual se vio reemplazado por una opresión en el pecho cuando giró su rostro para encontrarse con Minnow junto a él. Tan cerca que le dolía.

—Lo sé —respondió él en voz baja, sin poder rendirse ante los profundos ojos azules frente a él—. Lo sé, pero no lo hará, no se enterará —negó levemente con su rostro.

Necesitó del aire en sus pulmones, hubiera preferido que no estuviera impregnado del dulce perfume de la joven, pero aún así agradeció que estuviera entremezclado en el oxígeno. Con dificultad, Steven tragó saliva, intentando que su mirada no descendiera hasta los curvilíneos labios femeninos, puesto que se perdería en el atronador recuerdo de ello.

—Soy idiota pero tampoco tanto, Minnow, no arriesgaré tu seguridad, no de nuevo —susurró y un atisbo de sonrisa cruzó su expresión, pero en seguida se desintegró.

Minnow frunció el ceño con rapidez y le dedicó una mirada casi de reproche cuando atrapó una de sus manos entre las suyas.

—No, no, no. No es mi seguridad lo que me preocupa, es la tuya —farfulló entre dientes sin apartar sus ojos de Steven.

Ella poco podía temer, no podía morir, Segod no se iba a arriesgar a perderla de ninguna otra manera porque le era muy útil, y ¿Qué era lo peor que podía pasarle? No le temía al dolor.

—Te dije que yo era útil aquí, y lo seguiré siendo, así que no tienes que preocuparte por mí —negó ligeramente sin mover demasiado la cabeza para no perder el enfoque en su mirada.

Humedeció sus labios y observó por un segundo sus manos antes de suspirar,

El tacto femenino, más frío de lo que recordaba, pero aún cálido, se esparció por toda su piel como una filosa descarga eléctrica.

Steven no pudo hacer otra cosa más que cerrar los ojos y dejarse invadir por el contacto, un contacto que no había vuelto a tener en años. Aunque su respiración se volvió más profunda e infló su pecho cuando el aire se escondió en sus pulmones una vez más.

—No puedo no preocuparme por ti —admitió en un susurro abatido—, no puedo ni dejaré de hacerlo —informó sin alzar la voz.

Entonces, dejando que las sensaciones se apoderaran de su auto control  Steven se inclinó hacia la mestiza, y con su mano libre, sostuvo su mentón, así ladeándolo hacia él. No tardó en acercar su rostro hacia ella y entonces unió sus labios en un roce fugaz y suave, que lo derrotó allí mismo, viéndose a sí mismo derrumbarse frente a Minnow cuando se mantuvo cerca suyo.

—Tienes que… —dijo Minnow casi quejándose de que no estuviera escuchando sus palabras con suficiente claridad para que entendiera lo que le decía. Ella no necesita que él se preocupara.

La primera reacción que su cuerpo quiso hacer caso fue a la de separarse, en cuanto Steven acortó las distancias, pero Minnow se mantuvo quieta, respirando despacio y con cautela; era la primera vez que iba a besar a alguien que no fuera Segod, y cuando los labios del hombre se toparon con los suyos, una calidez extrañar y amable, suave se adueñó de su piel dejándola totalmente fuera de combate.

Por un segundo había esperado frío, pero los labios del humano, su humano, eran cálidos y tiernos, cuando Minnow atrapó entre los suyos el inferior de Steven.

 

(…..)

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